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HOMERO MANZI: EL POETA DEL TANGO Y MUCHO MAS…

                                                                               Por Cecilia Stepsys

          Homero Manzi, nacido Homero Nicolás Manzione Prestera (Añatuya, Argentina, 17 de noviembre de 1907 – Buenos Aires, 3 de mayo de 1951) Llegado a Buenos Aires Homero Manzi viviría en la calle Juan de Garay al 3500, estudió en el colegio Abrahman Luppi de la zona y por vecindad barrial fue amigo de Cátulo Castillo de su padre el escritor José González Castillo y del pianista Sebastián Piana. Vino de su Añatuya callada y desvalida y se metió con su espíritu poblado de versos en un Boedo mistongo que se derramaba en cafetines, lustrabotas y mendigos hacia esa Chiclana amenazada siempre por la inundación. Allí camino los atardeceres con Cátulo CastilloJulián Centeya , acunaron a la Negra María, consolaron a la mulata abandonada, invocaron al Papá Baltasar en nombre de los chicos pobres, eternizaron al viejo ciego del violín y a aquella Malena «con voz de sombra», en el paisaje indeleble de un «Sur paredón y después» Y además de pergeñar sus iniciales letras tangueras, también muy joven incursionaría en el teatro y la cinematografía .Hay en la poesía de Manzi un elemento profundamente musical, que funciona como un encastre perfecto, indivisible sino que  encarna, más que ningún otro, la presencia de la poesía en la letra del tango. Fue un poeta que no publicó ningún libro de poesías .Cabe destacar  dos características centrales de la obra de Manzi: el primero, el aporte que hizo a la modernización y la jerarquización de la milonga. Para llevar a cabo esta reinvención de la milonga tuvo un compañero fundamental, el pianista Sebastián Piana, con quien escribió grandes clásicos como «Milonga sentimental», «Milonga del 900» y «Milonga triste». Manzi no sólo fue un poeta del tango, fue un apasionado militante gremial, dirigió Sadaic, ejerció también el periodismo, dictó clases como docente de castellano e Historia, estudió Derecho, escribió una cantidad de guiones para la radio y el cine, y hasta codirigió un par de películas. Todas estas actividades no parecieron interferir su intensa producción como poeta, más bien la complementaban. Al igual que otra gran pasión, por si faltaran aficiones: el hipódromo de Palermo. Como periodista trabajó en revistas como Micrófono y Radiolandia, que también dirigió; colaboró en los diarios Crítica, El Sol y El Combate, y en las revistas Línea y Ahora. Desde las páginas de la revista Antena se dio el gusto de criticar al mismísimo Gardel. . Y además de pergeñar sus iniciales letras tangueras, también muy joven incursionaría en el teatro y la cinematografía. Su tango ‘Malena’, quizá el tema más difundido, fue cantado por el actor Osvaldo Miranda en ‘El viejo Hucha’, película con guión suyo y dirigida por Lucas Demare, con los actores más reconocidos entonces como Enrique Muiño y Franciso Petrone. Su renombre como letrista comenzó por 1924 cuando el entonces exitoso cantor Ignacio Corsini le estrenara un olvidado tema, pero su éxito lo instituyó ‘Viejo Ciego’, escrito por 1926 y él con dieciocho años, lo presentara al concurso de la revista ‘El alma que canta’. Pronto a eso Manzi sería profesor de literatura en los colegios nacionales Mariano Moreno y Domingo Faustino Sarmiento hasta 1930 En 1948 ya elegido presidente de SADAIC, dirigió la película ‘Pobre mi madre querida’ sobre su propio guión y en 1950 con igual método filmaría ‘El Ultimo Payador’. Por entonces aunó a música de Aníbal Troilo la letra de su memorable ‘Sur’, y antes de su muerte en 1951 escribiría dos milongas dedicadas al peronismo y grabadas por Hugo del Carril, militante político por vocación, el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 le trajo como consecuencia la destitución de sus cargos como profesor y la expulsión de la Facultad de Derecho. Es que, con 23 años, había liderado a punta de pistola la ocupación de esta facultad en repudio al golpe militar que el 6 de septiembre derrocó a Hipólito Yrigoyen. Más tarde, junto a jóvenes como Arturo Jauretche fundó la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (Forja), que diez años después se disolvió para apoyar al naciente peronismo. De este modo, estampó una radiografía carreguiana de personas y aconteceres de la realidad, tan humildes y por eso, precisamente, tan importantes. La muerte le punguea el corazón en el sanatorio Costa Boero y se despide «lleno de luces y dolores… que integran mi cortejo final de despedida». Sin embargo, aún hoy, cuando en la radio en un tallercito del suburbio o en la disquería noctámbula de la calle Corrientes, florecen otra vez sus versos «con un perfume de yuyos y de alfalfa/ que nos llena de nuevo el corazón», parece como si el Homero indoblegable se pasease todavía con su cara redonda y sus ojos limpísimos de niño –esos por donde «su frente triste de pensar la vida, tiraba madrugadas por los ojos», como diría Cátulo Castillo- para mantener viva la canción y encendernos, de nuevo, la esperanza., de su padre el escritor José González Castillo y del pianista Sebastián Piana y Franciso Petrone  y para final escribiría la letra de ‘Discepolín’ en homenaje y despedida a Enrique Santos Discépolo, su visceral amigo ya gravemente enfermo. Aunque por alguna irónica y secreta disposición, Homero Manzi moriría a inicios de 1951 y Discépolo ocho meses más tarde. Pero según correspondía, ambos en Buenos Aires.

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