26 septiembre, 2022
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Eva Perón: de abanderada de los humildes a emblema LGBTIQ+

De defensora de los desposeídos a ícono gay, la imagen de Eva Perón ha dado un giro clave en los últimos años / Foto archivo

De defensora de los desposeídos a ícono gay, la imagen de Eva Perón ha dado un giro clave en los últimos años y su figura es venerada por agrupaciones y organizaciones peronistas LGBTIQ+ que recuperan su amistad y protección a los homosexuales de la época: la construcción académica y social de esta Evita queer se condensa en una trama que arranca con la narrativa de Néstor Perlongher y se prolonga hoy en los icónicos afiches pop del beso entre Eva y Cristina Fernández.

Años 70: “Si Evita viviera, sería montonera”, era el lema de los militantes peronistas. Años 80: “Si Evita, viviera, sería tortillera”, es el canto que empieza a sonar en las marchas del orgullo. Entrados los 2000, las reinterpretaciones son variadas: feminista, en el marco del Ni una menos. Abortera, en las marchas por la Ley IVE.

¿Cuántas posibilidades caben en una persona? La muerte temprana de Eva Perón y la potencia de su rol político y social permitieron que las resignificaciones de su imagen sean múltiples, fluidas y sin normas. Hay tantas Evitas posibles como personas que la imaginan y veneran.

 Foto archivo
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En cada Marcha del Orgullo florecen drags y decenas de chicas trans caracterizadas como Eva. El rodete tirante, la piel tersa, sus collares, el traje sastre. Como una especie de “rayo peronizador”, la imagen de Eva se corporiza en las luchas de las comunidades LGBTIQ+.

¿En qué bases y bajo qué condiciones se erige este emblema queer? ¿Cuáles son las implicancias sociales, políticas y culturales que conlleva la imagen de Eva Perón atravesada por el arcoíris, drageada, brillante, montadísima?

Télam habló con Alejandro Modarelli, escritor y periodista; Adrián Melo, sociólogo y autor de “Paco y Eva, las vidas paralelas de Evita Perón y Paquito Jamandreu”; Paula Lanza, militante de la organización Putos Peronistas; y Amanda Alma, periodista, militante lesbiana e integrante de Manifiesta Comunicación feminista para reconstruir esta mirada.

Si Evita viviera…

Como si hubieran estado conectados de un modo mágico, Eva Perón y Paco Jamandreu, su modisto que además de modisto era gay, falsearon las fechas de sus nacimientos. Lo hicieron como estrategia para ser otro, otra. Mutar la identidad. Ser objeto de su propia creación. Y en ese mismo sentido se puede pensar el movimiento LGBTIQ+ en Argentina.

“Los que escapan de la maledicencia llegan al centro de Buenos Aires para adueñarse por fin del anonimato, condición necesaria si se persigue el triunfo. Lo que fui, si ya no sirve, se falsifica. El triunfo de Evita, la hija ilegítima, en las luces de la alta política es el despliegue de una ilusión colectiva entre los que siempre provienen de algún afuera. Cuando aparece vestida de gala enciende sobre todo el sueño de las locas, que no dejarán nunca de hacer su imitación. Por eso Evita se entendió enseguida con Paco; los dos hablan el lenguaje de la infancia humillada, hacen de la huida de su pueblo una gesta, y su ascenso social esplendente es promesa de revancha cumplida”, explica Alejandro Modarelli.

¿Qué atrae a los gays de Evita? ¿Su perenne legado político, su despliegue estelar, su trayectoria de vida desde la niña rota, la joven licenciosa, hasta la reina inmolada por amor a los pobres que, muerta muy joven, se convierte en un cadáver exquisito parecido a la Bella Durmiente?

“Todo esto hace de ella ícono en algunos, emblema de militancia en otros. Dos aproximaciones posibles a Eva. O cruce entre ambas, como en Paquito Jamandreu, sin duda el precursor del ícono”, agrega Modarelli, coautor de “Fiestas baños y exilios, los gays porteños en la última dictadura”.

La historia de amor que vive con Juan Domingo Perón, como una especie de venganza interestelar, permite que la imagen de Eva Perón trascienda cualquier frontera. Todavía siendo la amante del General ocupó un lugar principal en un palco del Teatro Colón vestida por Jamandreu. Esa escena causó gran revuelo, posiblemente buscado, dentro de la oligarquía porteña de aquel entonces.

“Esa historia de amor es como la historia de la Cenicienta. Ella humilde, hija natural, despreciada, de repente accede a un matrimonio justicialista. Se casa con una persona que ejercía el máximo poder de la Nación y desde ese poder pudo ejercer su venganza, casi melodramática. Es una mirada muy gay de las cosas, es de una avanzada tremenda para la época, sobre todo siendo él un militar. Un novelón”, explica Adrián Melo, doctor en Ciencias Sociales y licenciado en Sociología.

Lo político

En el despacho de un reconocido legislador gay de Juntos por el Cambio hay una foto de Eva Perón. La imagen de Evita trasciende cualquier partido político y es beatificada también por fuerzas que no veneran al movimiento político al que Evita representa.

“Ícono queer o emblema LGBTIQ+ son dos aproximaciones posibles para imaginar la alianza entre Eva Perón con una comunidad como la nuestra, que transitó entre la herida de origen y el posterior reconocimiento jurídico y social, sin haber perdido las cicatrices ni las banderas necesarias para darle al mito encarnadura y trascendencia política, más allá del melodrama”, agrega Moderalli.

El debate sobre el carácter (o no) homofóbico del peronismo de los ’40 está todavía abierto y pareciera no tener respuestas definitivas: como cualquier proceso histórico, hay tantas interpretaciones como miradas. Pero es posible pensarlo desde los espacios que ocupaban las comunidades LGBTIQ+ y puntualizar algunas situaciones claves.

“Creo que la palabra es ambivalencia. En las crónicas de la época había espacios públicos donde los gays tomaban el espacio, los puertos por ejemplo, en donde se decía había hasta saunas para gays. Y a la vez una política represiva que se inaugura en 1943 bajo dos hechos: el escándalo de los cadetes y el caso de Miguel de Molina, que termina exiliado. Se hablaba de “inmoralidad”, pero luego Evita lo llama, lo recibe y lo protege. Hay una contradicción muy fuerte”, plantea Melo.

En las Marchas del Orgullo estas representaciones se llevan a un extremo y mutan hacia una Evita que besa a Cristina Fernández de Kirchner. El beso más cuestionado y también más aplaudido, graffiteado en paredes, carteles, ilustraciones y memes.

“El kirchnerismo trajo la promulgación de derechos para personas LGBTIQ+ como nunca antes se había siquiera intentado en Argentina y devolvió a Evita al presente como defensora de los sin derechos (donde hay una necesidad hay un derecho”, analiza Modarelli.

“La forma de construcción cultural de la comunidad LGBTIQ+ es siempre revolucionaria porque parte de una relectura del discurso hegemónico, heterosexual y ciscentrado, que remite siempre a la virginidad de la figura de Eva Perón. Cuando esa imagen es pasada por el tamiz drag o reinterpretada en la marcha del orgullo, implica la apropiación de la bandera de los humildes por parte de uno de los colectivos más marginados y estigmatizados”, explica la periodista Amanda Alma.

El sello artístico

El martes 26 de julio se estrena por StarPlus “Santa Evita”, la serie de siete episodios protagonizada por Natalia Oreiro que recupera la historia de la novela homónima de Tomás Eloy Martínez donde se relata el camino del cuerpo embalsamado de Eva.

“Hay una tradición de lo artístico, íconos que forman parte del cielo con estrellas gay: Madonna, Faye Dunaway, Nacha Guevara e incluso ahora Natalia Oreiro, que han reinterpretado a Eva y han reforzado esta relación”, explica Melo.

Este vínculo es fácilmente trasladable también al ámbito literario, en donde se puede trazar un recorrido por la literatura que retoma a Evita desde una mirada diversa. El camino comienza con el poema Eva, publicado en 1976 y escrito por María Elena Walsh, una mujer lesbiana y de avanzada como pocas que reivindica a otra mujer.

Insoslayable es el aporte que hace el escritor Néstor Perlongher con su “Evita vive”, por su capacidad de re imaginar y deformar la figura de Eva, llevarla a los límites. En esa obra la reivindica, la beatifica y la corona como reina, no solamente de los reventados sino también de las locas, de las travestis, de las maricas. Es la Evita más radical, que vuelve de la muerte y trasciende los límites impuestos por el propio peronismo.

“Tomás Eloy Martinez decía que quienes más han comprendido a Eva fueron los escritores gays. En este sentido pienso inclusive en Copi, que desde el más visceral antiperonismo logra una figura radical de Eva en su obra de teatro: primero porque está interpretada por un varón y por ende es una Evita trans. Y segundo porque Perón aparece relegado, en segundo plano”, agrega Melo.

Un cisne consumido

Eva Perón fue una de las mujeres más fotografiadas de la historia argentina. Evita, la llama que abrió la política a las mujeres en Argentina, aparece en sus múltiples facetas con apenas googlearla. Rodete tirante, la poderosa; pelo al viento, la montonera; la política.

Esa es otra posible mirada para pensarla como emblema queer: le gustaba producirse, montarse, como se suele decir en la comunidad LGBTIQ+. El trabajo de Jamandreu fue fundamental a la hora de pensar la imagen de Eva, su atención por lo estético, especialmente en su etapa como actriz.

“Hay que mirarla en su faceta como actriz y también en la primera parte de su carrera política, que le gustaba tanto vestirse sobrecargada: vestidos, plumas, joyería. Como montada. Casi como una feminidad exagerada, que luego es apropiada por drag queen y chicas trans. Hay algo ahí muy poderoso con lo estético”, agrega Melo.

Paula Lanza, lesbiana militante de Putos Peronistas, es contundente: “Lo que hizo Eva es reivindicatorio porque atravesó todos los obstáculos para ser quien es, para luchar por un sueño, y en eso nos identificamos. Y además, la cuestión estética, porque como un cisne se fue transformando cada vez más en esencia pura, en amor puro, hasta consumirse por los desposeídos. Y nosotros somos parte de ese pueblo desposeído, marginado, ¿quién mejor que ella nos puede representar?”.

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