26 septiembre, 2022
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Cultura

Entre la desmesura y el fetichismo del cuerpo: recorrido por las representaciones de Evita

Soledad Quereilhac.

Emblemática y audaz, la figura de Eva Perón ha sido sucesivamente retomada desde la literatura, la poesía, el cine y el ensayo a partir de focos envolventes que entrecruzan la fascinación por narrar el derrotero de su cuerpo -una obsesión que conecta narrativas tan disímiles como las de Walsh, Borges o Viñas- y hasta instalan una ambigüedad problemática entre verdad y ficción como la que propuso el escritor Tomás Eloy Martínez en su célebre “Santa Evita”, pero que en otro plano permiten rescatarla del pasado para ubicarla como un emblema de las luchas del presente.

A días de cumplirse 70 años de su muerte, las investigadoras y docentes Soledad Quereilhac y Paola Cortés-Rocca, y el escritor y docente Juan Mattio, analizan las representaciones que circularon en distintos momentos históricos para pensar cómo jugaron la época y las condiciones sociales y políticas al momento de narrar a Eva Perón, al tiempo que ofrecen perspectivas compatibles para desentrañar insistencias y vacancias en torno a su figura, así como para entender los modos en que circuló desde la ficción quien ocupó y sigue ocupando un rol central en la narrativa política contemporánea.

Para Mattio, hay una serie o una repetición que insiste en las ficciones sobre la figura de Eva Perón, “cierta fascinación macabra con su cuerpo”, y ejemplifica: “Los cuentos de Viñas, Walsh, Onetti e incluso Borges están centrados en la escena del funeral y el posterior secuestro del cuerpo. Lo mismo puede verse en ‘Santa Evita’, de Tomás Eloy Martínez. Habría otra serie, que incluye a Copi, Perlongher o Aira, donde la constante está en cierta desmesura asociada a Eva. Desmesura política, sexual o discursiva”.

“Es extraño, pero en las representaciones que encontré en estas ficciones, parece haber cierta indiferencia por la figura de Eva mientras estuvo viva y ejerció el poder. Como si su fuerza hipnótica se multiplicara a partir de la muerte. Su ausencia está tan presente –y es tan actual- que se nos aparece como una figura ubicua“, reflexiona el autor de “Tres veces luz”, quien dictó cursos y talleres de lectura para abordar estas líneas temáticas.

Telam SE

Cortés Rocca es crítica cultural especializada en el cruce entre literatura y visualidad y escribió, junto a Martín Kohan, el libro “Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón: cuerpo y política”, un ensayo publicado por Beatriz Viterbo en el que trabajan la lucha de sentidos en torno a la dirigente política. Al pensar en las insistencias que confluyen en las representaciones, distingue que uno de los elementos es “la legitimidad o ilegitimidad para estar en un lugar tanto de un lado como del otro: tienen que ver con su belleza, su juventud, con su ser esposa, no ser madre pero ser madre del pueblo, o posiciones inversas que justamente dicen que ocupa un lugar ilegítimo porque no es una funcionaria del gobierno (es solo la esposa del presidente) o porque es hija ilegítima”.

Este aniversario de la muerte de la impulsora del Partido Peronista Femenino tiene al estreno de la serie “Santa Evita”, una producción de Star+ basada en la novela de Tomás Eloy Martínez y protagonizada por Natalia Oreiro, como foco de atención. La investigadora y ensayista Soledad Quereilhac, quien analizó y trabajó esa ficción, sostiene que “hay un pacto ‘desleal’ de lectura”.

“Tiene que ver con la torpe indistinción, a nivel de la técnica narrativa, entre lo ficticio y lo real, entre lo que está basado en documentos históricos (testimonios, memorias, filmaciones, entrevistas) y aquello que se inventa. Por supuesto que la narrativa literaria se dedica básicamente a contar ficciones, esto es, a hacer un arte de lo que no sucedió y puede ser contado. No es a eso a lo que me refiero. Si no a la muy mala resolución entre literatura e historia, entre non-fiction y novela, entre una perspectiva omnisciente y un exagerado protagonismo (autocelebratorio) de la voz narradora, que se presenta como la del mismo Tomás Eloy Martínez”, argumenta la doctora en Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Claves de lectura para repensar “Santa Evita” a 27 años de su publicación

La novela “Santa Evita”, escrita por el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez, fue publicada originalmente en 1995 por la editorial Planeta y tiene, por estos días, una versión audiovisual codirigida por los cineastas Rodrigo García y Alejandro Maci y protagonizada por Natalia Oreiro que se estrenará el 26 de julio -cuando se cumplan 70 años de la muerte de la líder del movimiento peronista- por la plataforma Star +, propiedad de Disney.

A propósito de ese estreno, Juan Mattio, Paola Cortés Rocca y Soledad Quereilhac vuelven sobre esa obra para repensarla desde nuevas claves de lectura.

Cortés Rocca dice que “a fines de los ’90, la figura de Eva Perón no tiene la virulencia de años anteriores y ya no es ni la madre protectora del pueblo ni la mujer del látigo, como la ve la oposición. Se ha convertido en una figura histórica considerando que hay cambios en los roles de las mujeres. En ese contexto hay que leer a la Eva de Tomás Eloy Martínez”, apunta.

“No es un libro de ficción, es de no ficción, un trabajo periodístico narrativo, una escritura que usa los recursos narrativos para trabajar con un material real. El género es importante, es el momento de auge de la novela histórica en la Argentina. Hay algo en esa especie de libro de historia que se puede leer sin ser aburrido que lo hace legible para todo el mundo. Hay algo de policial, de diario íntimo, que lo hace profundamente legible, una gran pieza para las masas. No se trata solo de narrar la vida sino la muerte, toda la historia del cadáver también termina cerrando ese relato. Vuelve a Eva legible”, dice a Télam la investigadora.

Para ella, “la serie va a ser leída de un modo parecido a como fue leída la novela, no problemático para el presente, es ese momento en el que los personajes históricos hacen las paces con el futuro. También va a haber diferencias: una central es el kirchnerismo, que hizo que el peronismo deje de ser la punta de lanza del neoliberalismo y se vuelva cercano al de la década del ’40 con una juventud fuerte”.

Quereilhac, quien cuestiona el pacto “desleal” con los lectores planteado por la novela y la considera “la expresión de una operación estético-ideológica sobre Eva” porque neutraliza su potencia política, dice que al no haber visto todavía la serie no puede “anticipar si va a ser o no leída como la novela”, ni saber “qué versión, adaptación o reelaboración crítica realiza la serie respecto de su obra de referencia” pero afirma que “en el marco actual de un revisionismo historiográfico diferente al de los ’70 y ’80, pero muy sólido en relación a la relectura que se plantea de los fenómenos populares y de las perspectivas historiográficas liberaloides (sic), la vuelta a Eva desde la historia, desde las artes y desde la industria del entretenimiento tiene un vasto terreno por explorar”.

“La explosión del feminismo como movimiento, que incluye el desarrollo de los estudios feministas interdisciplinarios, también provee de eficaces e innovadoras herramientas para volver a Eva”, subraya la docente de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA).

Por su parte, Mattio explica que “el peronismo es un evento político mutante y eso supone que se modifica según el momento histórico”.

“Si acordamos que no es lo mismo el peronismo que representó Menem que el que representó, por poner un nombre, Cristina. Y que no es lo mismo el peronismo durante la dictadura que este que hoy está a cargo del Estado; entonces tenemos que pensar que ‘Santa Evita’ se ve –y se verá afectada- por todas estas transformaciones. Los objetos del peronismo están condenados a seguir la misma deriva mutante que el movimiento político”, apunta.

Tomado también como base de una de las películas clásicas sobre la líder política como “Eva Perón”, dirigida por Juan Carlos Desanzo sobre guión de José Pablo Feinmann, el libro tuvo varias reediciones y sobre esa historia Quereilhac aporta que “son muy significativas las anécdotas que Martínez relata en diferentes entrevistas, en relación con los equívocos que produjo su novela. Se jacta de haber ‘engañado’ a Feinmann, que tomó como real una escena narrada en ‘Santa Evita’ y que incorporó, por tanto, a su película. También se ha jactado de ‘engañar’ a la Unión de Obreros de la Construcción y la Unión de Obreros Metalúrgicos sobre una frase que Eva supuestamente nunca pronunció pero que aparece en su novela”.

“Si esos equívocos se producen no se debe tanto al error de lectura, sino al tramposo planteo de la ficción; al mal resuelto juego entre convenciones genéricas (novela, non-fiction, relato histórico, periodismo de investigación) y, más profundamente, a una convicción netamente noventista de que la verdad histórica ya no importa, todo puede ser relato e invención, sin reglas siquiera formales. Tampoco la política parece importar. Hay un snobismo posmoderno, inevitablemente reaccionario, claro, que se impone por sobre sus propios materiales narrativos (la historia del cuerpo de Eva) para neutralizarlos políticamente y para bastardearlos históricamente”, sostiene la investigadora del Conicet.

La autora de “Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la Argentina de entresiglos” asevera que “como todo personaje importante de la historia, inscripto en un movimiento popular, Eva es ‘objeto’ de disputa ideológica, potenciado además por su condición de mujer, tradicional ‘objeto’ de manipulación de la cultura patriarcal”.

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Y en ese punto, define a la novela “Santa Evita” como “la expresión de una operación estético-ideológica sobre Eva: la neutralización absoluta de su potencia política, de su rol como líder política; la reducción de toda su persona a su condición de ignorante, puta y caprichosa como único eje de lectura de su aporte a la historia nacional; su utilización como motivo consagratorio de un autor, absolutamente entrometido en la voz de su propia novela, que está desesperado por transmitir su disciplinamiento machista sobre Eva y ocupar él, gran megalómano, el centro de la escena narrativa”.

Al repasar representaciones sobre la impulsora de la iniciativa que permitió que más de 3,5 millones de mujeres votaran por primera vez el 11 de noviembre de 1951 en la Argentina, Cortés Rocca resalta que lo que prima “es la discusión por el espacio. Uno podría decir que se trata de un cuerpo fuera de lugar o en su lugar. Ese es el gran debate que se organiza en los modos de representarla”.

La investigadora advierte que “fuera de las características de ser joven, bella, madre, esposa, cuando esas categorías caen o no tienen el lugar que tenían a mediados del siglo XX porque la legitimidad o ilegitimidad de los hijos es irrelevante hoy (parte de eso se lo debemos a leyes del peronismo impulsadas por Eva Perón), aparece la cuestión de Eva protofeminista”.

Para Cortés Roca justamente se trata de “algo con lo que ella marcó ciertas distancias por lo que representaba el feminismo a mediados de siglo, más relacionado con lecturas de clases más ilustradas y educadas. Pese a eso, se la lee como una protofeminista por sus acciones, su capacidad de activar ciertos reclamos, no solo desde el voto sino con derechos civiles y políticos específicos como la ilegitimidad, el acceso al voto pero también una visibilidad del lugar de la mujer de la manera que sea y que se pueda, y no siempre tiene que ver con las armas que da el mismo sistema”.

En ese sentido, identifica una paradoja: “un sistema patriarcal que pone a la mujer en el lugar subalterno a la vez le pide acceso a lugares de poder con las mismas armas que el mismo sistema propone. Por ejemplo, Eva hizo falsificar la partida de nacimiento para arreglar cosas que eran profundamente injustas, como reclamarle que hubiera nacido en un matrimonio legítimo, cuando no es responsabilidad de nadie dónde o cómo es concebido. Esa capacidad de ser pícara -o las tretas del débil- hace que se la lea como ícono de feminismos masivos e internacionales. Es una figura que sale del museo de la historia para ubicarse como un estandarte de las luchas del presente”.

Tres miradas sobre la potencia del cuento “Esa mujer”, de Rodolfo Walsh

Entre las ficciones que tuvieron a Eva Perón como eje, el cuento “Esa mujer” de Rodolfo Walsh es uno de los más emblemáticos. En diálogo con Télam, Paola Cortés Rocca, Soledad Quereilhac y Juan Mattio intentan desentrañarlo y pensar su potencia para dar cuenta de la representación de la figura de la dirigente política en la historia argentina.

Mattio dice que Walsh “escribió un cuento perfecto en ‘Esa mujer’ y eso es, precisamente, porque es una obra maestra de la elipsis. Al cuerpo secuestrado de Eva se le adhiere la situación de censura y omisión sobre su nombre que plantea Walsh. Y, para desconcierto de quienes creen en el realismo político, esa condición fantasmal de Eva es mucho más poderosa y amenazante que cualquier hecho ‘concreto’ o inmediato”.

“Hay un componente gótico en la imagen que fantasea el narrador: ‘Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra’. Vale preguntarse: ¿por qué el mero cuerpo de Eva escondía tanto poder?”, reflexiona.

La misma cita del cuento del autor de “Operación masacre” que alude al secuestro del cadáver de Eva Perón, aunque su nombre nunca es mencionado, recupera Quereilhac, para graficar cómo en esa ficción “Eva es esa tormenta colectiva que saca al individuo de la sombra; es una causa, es bandera, es potencia política tan temida por sus enemigos que ni siquiera se animaron a desaparecer su cuerpo”.

“En el relato de Walsh hay, de manera totalmente opuesta a ‘Santa Evita’ (que buscó claramente ser la superación de ese cuento, torpemente) un eficaz hallazgo de la técnica narrativa, una amalgama de forma y contenido, indisoluble. Walsh ha sabido encontrar la forma literaria para narrar esa experiencia particular y, como en los mejores cuentos, apelar a la brevedad y a la economía de recursos para proyectar el sentido en infinitos haces de luz”, destaca la investigadora.

Sobre “la omisión estructural” del nombre de Eva en el relato, Quereilhac dice que el texto “logró transmitir la enorme potencia simbólica de su figura, su real trascendencia política, y la dimensión fetichista de su cuerpo, tanto para propios como para extraños. Walsh hace todo lo contrario de Tomás Eloy Martínez; mientras éste sólo detecta, con indisimulable misoginia, a la arribista resentida replegada en su propio yo”.

En tanto Cortés Rocca considera que “la literatura es el lugar en el que mejor se pensó a Eva Perón por la potencia misma que tiene la literatura de producir sentidos a futuro. Si tuviera que elegir elegiría tres ficciones: el cuento de Walsh, el de Borges ‘El simulacro’ y el relato ‘Evita vive’, de Néstor Perlongher”, dice.

“El de Borges es una gran clave del peronismo que entiende que el peronismo es una mitología, producción de sentido que pierde fuerza cuando deja de ser productor de relato, de símbolo, identificaciones e imágenes. El de Walsh es un cuentazo porque está en el filo de la ficción y la no ficción, es profundamente arriesgado que no trabaje con los sentidos previsibles sino a contrapelo poniendo a producir esa imposibilidad de nombrar. Justamente porque el peronismo es lo innombrable es lo que no deja de nombrarse todo el tiempo. Ese cuento también territorializa a Eva, la busca como quien busca un punto en el mapa y entonces esa idea de que Eva es un territorio está en ese cuento”, agrega.

Pero considera como “el más relevante” el de Perlongher “porque -resalta- la vuelve parte del presente, ya que lo que está en juego no es ni la Evita eterna, ni la que volverá y será millones, ni el cadáver que se roban los militares y que anticipa lo que va a ser el tráfico y la desaparición forzada. En el cuento de Perlongher es distinto: es una Eva que vuelve muerta, como zombie y se le aparece a los nuevos subalternos, tiene como interlocutores a los jóvenes que fuman porro, a las maricas perseguidas por la policía”.

“Vuelve como símbolo, imagen, memoria y le habla a nuevos sujetos. En esa línea se puede leer también alguna imagen de Eva con el piercing o el pañuelo verde. Es una Eva que reaparece a los nuevos sujetos populares del presente. La ficción literaria la arranca de su tiempo y la piensa como una figura que sigue interpelando al presente: qué pasa con una mujer que está en un lugar que no le corresponde del todo, que se lo ganó todo a los empujones, qué cosas pediría, de qué manera patearía el tablero hoy una figura así”, plantea Cortés Rocca.

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